| Collado de Llauset e ibones de angliós |
El viaje deviene en narración donde un sujeto, el autor, relata su visión. Lo que ha contemplado o creido contemplar, las rápidas impresiones que los minutos del viaje dejaron en su retina. No es sólo, o no debería ser, una notificación de lo que ha visto, hecho, realizado, a veces solamente contamos lo superficial, no profundizamos más allá de lo evidente. Pero lo más importante es que el relato nos exprese una emoción, un sentimiento, la experiencia única que se ha producido entre el observador y lo observado.
| Ibon de LLauset. El Ballibierna al fondo |
En ese momento lo objetivable (lo que está fuera) es sólo un principio, un fundamento, para que el hacedor de palabras, el relator, hilvane su discurso. Su mayor o menor maestría harán que esos momentos pasados, "hablen" palabras en su boca. Lo vivido será un trampolín para que sus palabras ahonden en ese vendaval de sentimientos que el viaje produce.
El relato necesita tiempo, no se trata de llegar, sentarse y contar todo lo que ha pasado. Que la mayor de las veces sólo interesaría al propio viajero. Esas impresiones necesitan ganar intensidad en el silencio atento, primero, para luego conformarse en una voz alambicada en palabras.
Es en el relato cuando los pequeños detalles cobran otra dimensión. A menudos ansiosos, en el viaje, no prestamos atención a esos fecundos instantes llenos de sentido. Bastan entonces profundizar en un recuerdo o, simplemente mirar una fotografía, para que se produzca ese pequeño milagro que es la palabra. Y el relato comienze a autoreferirse y a expresarse sin ataduras.
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