Hoy tenemos la naturaleza cada vez más domesticada: como si se tratara de una enorme área recreativa donde, convenientemente barnizada con notas de imprevisibilidad y aventura en lo desconocido, todo se muestra más o menos accesible y controlado.
Los lobos habitan aún ese viejo solaz de Europa y del mundo antes de que estuviera el mismo Hombre. Este tuvo que convivir, en la noche de los tiempos, con esos aullidos desgarradores que llenaban de terror las oscuras noches; y tuvo que ir acostumbrándose a ellos para neutralizar sus miedos. Inventando historias, encerrando sus ganados, cercando sus tierras....poco a poco el Hombre tomó la iniciativa, expulsó al lobos de sus viejos dominios y lo llevó casi a la extinción. El antiguo enemigo se batió en retirada, tratado casi como una alimaña que había que exterminar.
Acorralado se fue escondiendo en los últimos rincones agrestes donde aún poder lanzar al viento su lastimero aullido. Y fue en ese momento, al borde del precipicio cuando la presión cedió. Y se fue comprendiendo que el lobo, tal vez como el oso, forman parte de ese patrimonio natural, de nuestra herencia, que se debe conservar, porque esta Tierra que pisamos es también la suya. Aunque nuestro delirio de especie dominante nos lleve a veces a considerarse el ojo y el epicentro del universo.
Este fin de semana estuve en Sanabria, su lago es el mayor lago natural de España, relicto final de las grandes glaciaciones que cubrieron todo este extenso territorio hasta hace apenas unos diez mil años.. Las lenguas de hielo modelaron el paisaje y al retirarse quedaron estas aguas azules, espejo de soledades, que llamaria Unamuno en los años treinta del siglo pasado. No es todo beatitud, el pequeño pueblo de Ribadelago sufrió el 9 de enero de 1959 una embestida violenta de lodo y barro que sepultó la mitad de su caserío. Una sencilla lapida en medio del pueblo recuerda hoy la tragedia y el nombre de los fallecidos. La rotura del muro de una presa tuvo la culpa. El nivel del agua de todo el lago subió tres metros después de la descomunal acometida del agua embalsada.
El agua tranquila, sosegada, que da, limpia y renueva, a veces también quita, aunque en esa ocasión la culpa fue del hombre y sus malos cálculos. Por la noche subimos a un pequeño cerro, el de santo Toribio a ver las estrellas, una velada neblina ocultaba el escenario celeste, lo que fue una pena pues casi no pudimos contemplar esa noche estrellada que nos susurra viejas historias de tiempos e infinitos. Un oscuro cerro, las ruinas de un viejo castro celta, el rumor de un reciente milagro, las energias, la noche ...¿hay quien de más?
El domingo subimos a la meseta que, a más altura, parece dominar toda la enorme laguna que ha quedado como engastada en lo profundo del valle. En la planicie se asientan vtambien varias lagunas pero más pequeñas, como la de los Peces. Cerca de su desague se abre un cañon, fruto de los trabajos del hielo,, el de Forcadura por el que descendia nuestro camino. Muy hermoso ese trayecto y ese descenso. Las paredes del cañon se van estrechando y hace una curva de mas de noventa grados para salvar las zonas donde la roca se muestra más resistente a la erosión. El paisaje es hermoso, piornales y otros arbustos dominan, más abajo el robledal campea sin oposición.
Y termina la ruta otra vez junto al lago, sin cansanse de mirar sus aguas. La vida en esta comarca es tranquila, como sin prisa, haciendo que el viajero apresurado se pregunta si tiene alguna razón, precisamente, su apresuramiento.



