A la montaña se puede subir con el objetivo de alcanzar una cima, de cumplir un reto, de hacer un poco de ejercicio, de olvidarse de todo durante unas horas... o simplemente, por que está ahí delante y tenemos esa necesidad de encararmarse arriba y ver la vida pasar.
Algo de chirriante puede haber en la existencia si tenemos que justificar todas las acciones, si encima dicha justificación la baremamos en términos de "rendimiento" de "eficacia", de "ganancia". El hombre reducido a su dimensión de eficacia, de "economicidad" es un hombre unidimensional, como ya dijo hace tiempo Marcurse. Su tiempo no es sólo "oro", más que ello es "tiempo", tic tac inexorable de las manecillas del reloj que camina en una sola dirección.
Y ese tiempo se condensa en ciclos, presididos por la salida y el ocaso del sol, y del cénit, de contemplar el ocaso va el argumento de estas dos salidas que realicé la semana pasada. Una el miércoles y otra el sábado. Las dos en muy buena compañía. En ellas desde luego importa poco la meta, no se busca nada, ni se pretende un reto ni un objetivo, ni por supuesto son horas a las que sacar un "rendimiento"
O tal vez si, tal vez cuando en los silentes instantes en que ese globo rojo que se agranda por momentos es engullido por el horizonte...podemos encontrar una explicación. Que como todas las verdades importantes no se desvela en palabras sino en intuiciones que como un fogonazo en la retina impregnan nuestra vividura.
De que nos habla esos postreros atardeceres cuando la primavera cuajada de frutos se encamina al estío, cuando los días se alargan hasta la extenuación reduciendo a sus justas medidas el reino de la noche. Me preguntaba yo, si ese último aliento del sol que termina su camino nos abre a escuchar los sonidos del universo. ¿Pretencioso?. Tal vez no tanto, porque el verdadero sonido del universo es el silencio, y allí los últimos rayos que nos acarician en la Maliciosa o en Peña Aguila, nos abren sobretodo el oido al silencio, de aquel profundo, envolvente, misterioso, en el que "nada" el universo.
Vivir es el arte de escuchar, más que de hablar, escuchar muchas cosas y quedarse con las que nos convienen, como diría San Pablo, por eso subir a una montaña a esas horas tardías cuando se van quedando solitarias y yermas, puede ser un ejercicio para abrirse al silencio...ese que está ahí fuera, que envuelve nuestros ruidos circunstanciales y que nos interroga siempre con su misterio.
Hay otras exquisiteces que acompañan las rutas vespertinas, pero tal vez sea interesante que el lector las descubra por si mismo
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